viernes, 22 de mayo de 2009

UN LIBRO POR UN GLORIOSO CENTENARIO EN SANTA ANA DE LOS RÍOS DE CUENCA


VENERABILES FRATRES NOSTRI:
«PAX ET CARITAS PER VOBIS»

El 26 de mayo del año 2009 se cumple el primer centenario del nacimiento del distinguido compositor cuencano Carlos Ortiz Cobos, autor del japishca «Por esto te quiero Cuenca». La Orquesta Sinfónica brindará un concierto IN MEMORIAM el viernes 22 de mayo, a las 20:00, en el auditorium del Banco Central del Ecuador, sucursal Cuenca. En este acto se pondrá en circulación un libro biográfico del eminente compositor de la morlaquía.


CARLOS ORTIZ COBOS
1909 - 2009
«Vir bonus discendi periti cum artis/ Hombre de bien, que sabe hablar con las artes»

Esta es la frase con la cual debemos definir, con apodíctica certeza, a Carlos Ortiz Cobos, uno de los músicos más destacados de la morlaquía durante el siglo XX. En efecto, veritas sit visibilis/ la verdad debe ser visible y por eso, habremos de decir que la vida artística de este músico cuencano fue proficua y estuvo todo el tiempo pletórica de vivencias y experiencias que seguramente, por haber sido vividas a plenitud, prodigaron al artista preciosas oportunidades para crear y crear especiales canciones del pentagrama nacional que, con el pasar del tiempo, le han dado una fama inmortal, a punto tal de que hoy, a principios del siglo XXI, se puede afirmar que Carlos Ortiz Cobos es uno de los músicos más prolíficos de la morlaquía. Las centenares de piezas musicales que salieron de la mente de este lúcido compositor cuencano así nos lo confirman, haciendo que los habitantes de la morlaquía debamos al singular maestro, un homenaje digno de quedar en los anales de la historia comarcana.
In stricta veritas et iustitia/ En estricta verdad y justicia, Carlos Ortiz Cobos es uno de los fundamentales referentes de la música cuencana. Se debe contar con él para cualquier análisis global del desarrollo musical de la Cuenca del siglo XX. Su gigantesca figura se yergue como una estela luminosa que, tal como una atalaya esplendente, refulge con luz propia en el firmamento musical de la morlaquía. Y es que se trata de un gran artista, sub specie aeternitatis, nacido para la posteridad, y ante su singular presencia nosotros no somos nada y por ello, nuestra pequeñez nos obliga a reconocer con gratitud sus valiosos aportes.
El distinguido compositor supo engrandecer el prestigio cultural de la ciudad a la que sirvió con profundo y exquisito amor como con un denodado y ejemplar compromiso cívico. Por ello, in memoriam, es importante consolidar en una obra el testimonio de esta vida tan provechosa. Cuando se cumple el primer centenario de su nacimiento, el 26 de mayo del año 2009, los hijos del eximio maestro han considerado como justo y necesario, publicar su biografía en un libro concebido como un testimonio vivo de sincero agradecimiento post mortem, a quien fue un padre ejemplar y ciudadano de virtudes acrisoladas. En él se recogen las memorias de esta gran familia, junto a los escritos que distinguidos escritores cuencanos han dedicado al maestro Carlos Ortiz Cobos a lo largo del tiempo.
Dedicar unas líneas a su ilustre figura, cum grata recordationem, cuando el biografiado es un personaje paradigmático de gran calidad humana y fuerte presencia espiritual, es también rendir un testimonio de gratitud desde la pluma y un homenaje de admiración y respeto para un hombre bueno que pervive en la memoria colectiva de Santa Ana de los Ríos de Cuenca.
Emerson decía que «la gratitud es la tímida riqueza de quien no posee nada» y por eso, cum sinceritas et fraternitas, estas líneas rinden deferencia y pleitesía a este magnánimo artista, por su gran aporte al desarrollo musical de la localidad, hecho que obliga a los escritores castizos de la morlaquía, para que desde nuestras cotidianas labores intelectuales, justipreciemos los inmortales atributos de la gente de bien que contribuye, con su ingenio y creatividad, al desarrollo de la comunidad.
A Carlos Ortiz Cobos se lo conoce por ser quien compuso la música del maravilloso capishca «Por esto te quiero Cuenca», constituido, por antonomasia, en el himno popular de la urbe. No obstante, nadie puede negar que la trascendencia de esta pieza musical ha rebasado las fronteras locales hasta el punto de que hoy en día, en cualquier lugar de la República, el «Por esto te quiero Cuenca» es una canción por la que se identifica con propiedad a la capital de la morlaquía, a la que el maestro supo definirla desde la música, in spiritus et veritas et semper cum fidelitas/ en espíritu y verdad y siempre con fidelidad, en una especie de privilegiado lenguaje con el que supo prodigar las inmensas emociones de su espíritu sensible.
Pero más allá de eso, las creaciones musicales de Carlos Ortiz Cobos constituyen un compendio maravilloso de ritmos nacionales que hablan, per se, del folklor ecuatoriano y muestran, como en una especie de caleidoscopio, las múltiples y variopintas facetas de nuestra identidad cultural.
A la manera de un speculum musica o espejo de la música, ya se trate de un pasillo, un capishca, un villancico, una tonada, un yaraví o cualquier ritmo popular con los que el maestro creaba una música armoniosa y singular, las canciones de Carlos Ortiz Cobos nos hablan con humildad de esa verdad esencial que sólo puede ser descubierta por un espíritu sensible y capaz de sublimarse ante las cosas más sencillas de la vida.

Esta es la razón por la cual el libro concluye, en la última parte, con la reproducción del «Álbum de Música» de don Carlos Ortiz Cobos, un maravilloso tesoro familiar en donde se encuentran 93 creaciones musicales escritas de su puño y letra. Estas formidables composiciones musicales han engrandecido a la urbe y al país y reflejan, ex admirationem, la trascendencia artística de un músico que para los actuales tiempos es ya un artista inmortal de altísimos quilates.
Solo hay que escuchar cualquiera de las composiciones del dilecto artista para sentir la sui generis sensibilidad que lo caracterizaba como ser humano. Se puede decir que la música fue para don Carlos el instrumento a través del cual supo transmitir las inquietas y curiosas aventuras de su alma, en una atmósfera de maravillosa creatividad y originalidad, características esenciales que han contribuido, cum admirabilis inspirationem, para que su música sea auténtica desde todo punto de vista.
Escucharlo ejecutar el piano, el bandoneón o el acordeón era una oportunidad única para descubrir cómo las artes musicales eran para él su alma, vida y pasión. Su contacto con los instrumentos era excepcional y por ello, se puede decir que el maestro lograba, ipso facto, hacerlos hablar con inusual sentimiento al momento de interpretarlos.
La dedicación, el amor a todo lo que inspire música, el especial oído para distinguir los sonidos o jugar con ellos eran evidentes en este eminente músico, cada vez que se enfrentaba con los instrumentos que dominaba a la perfección in honorem artis et musica.
Alto, pícnico, serio, reflexivo, muy respetuoso, dueño de una especial condición introspectiva, así era Carlos Ortiz Cobos para quienes lo conocimos desde nuestros ya lejanos años de la infancia en el tradicional barrio de San Sebastián, en donde vivió hasta convertirse, in aeternum, en un arquetípico personaje de la barriada. El músico vivía intensamente cada minuto de su vida y estaba pronto a descubrir, quid pro quo, las cosas más profundas de la humana existencia. Su sensibilidad era superior y brotaba a flor de piel en cualquier composición musical que desarrollaba sobre variados temas en los que se embelesaba siempre hasta los límites del paroxismo.
Esa era justamente una de sus principales cualidades artísticas. Mas, a esa sensibilidad le unía una gran capacidad de observación y un curioso espíritu capaz de escudriñar lo fundamental de todo cuanto le sublimaba hasta el gozo y el deleite superlativos. Así, con la sabiduría del que habla poco pero observa mucho, siempre supo captar la vera effigies de todo lo que le inquietaba como motivo de creación. Por ello, su sentido de apreciación de la realidad que lo circundaba era uno de los aditamentos de su egregia personalidad artística, que lo confirmaba como un ser con especiales condiciones para crear y sobre todo para contemplar las cosas más nimias de la vida.
Y es que la contemplación, en la que es indispensable un profundo sentido analítico, hizo que la inspiración del compositor sea riquísima ante cualquiera de los motivos que provocaban una oportunidad para crear originales piezas musicales que siguen sorprendiendo hoy a quienes tienen la oportunidad de conocerlas prima facie et cum magnam expectationem.

Ese sentido de vivir contemplativo le permitió, por otro lado, tener conciencia de muchos problemas acuciantes de nuestra comunidad, a los que miraba siempre con preocupación e interés. Si para solucionarlos era posible contar con su ayuda, no escatimaba esfuerzo alguno para entregar su contingente.
Así entonces, era también poseedor de un gran sentido de la solidaridad y debido a ello, su mano abierta estaba, todo el tiempo, dispuesta a ayudar al prójimo con una particular vocación humanitaria que lo encumbraba día a día como un ser de originales virtudes y capacidades, por las que muchas personas lo recordamos con un fuerte sentimiento de admiración y respeto et nunc et semper et in saecula saeculorum.

DIEGO DEMETRIO ORELLANA
Datum Concha, apud flumina Tomebamba, ex aedibus FIDEH, districti meridionalis, mensis aprilis, die decima, Anno Dominicae Incarnationis bismillesimus nonus, in sollemnitate sexta feria de Passione Domini. In Sancta Hebdomadae MMI

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