jueves, 12 de octubre de 2017

COLEGIO RAFAEL BORJA: SOLLEMNIS ANNIVERSARIUS IN CONCHENSIS URBE


Ad sollemnitatem in conchensis urbe/ Con solemnidad en la urbe cuencana, hoy jueves 12 de octubre del año 2017 cúmplense 80 años de la fundación del colegio «Rafael Borja», en los actuales días convertido en la Unidad Educativa Particular Borja. 

Rosa Malo Valdivieso, viuda del doctor Rafael Borja


Sicut magno anniversarius in historia nostra, la celebración nos compele para rememorar, secundum histórica veritas, que un día como hoy, el 12 de octubre del año del Señor de 1937, a las 8:00, el entonces obispo de la diócesis de Cuenca, monseñor Daniel Hermida Ortega, celebró una Missa Sollemnis para establecer oficialmente el colegio «Rafael Borja» en la llamada Casa de San Rafael, sitio donde hoy levántase el hotel «El Dorado», predio donado por doña Rosa Malo Valdivieso, viuda del doctor Rafael Borja, bajo cuyo patronazgo los padres jesuitas, administradores de la naciente institución, bautizaron al colegio de la Compañía de Jesús que creábase en Cuenca ad maiorem Dei gloriam.




La Missa Sollemnis del Espíritu Santo con la que el colegio «Rafael Borja» nacía precedió a un TE DEUM en acción de gracias por la creación del establecimiento secundario, dos ceremonias religiosas que, ad sollemnitatem, dan cuenta del profundo signo cristiano con el que fundábase la institución jesuita en Santa Ana de los Ríos de Cuenca, «Ciudad Eucarística y Mariana» par excellence que, ad portas, abríase alborozada para recibir a los primeros jesuitas que, in diebus illis/ en aquellos días, iniciaban su apostólica labor educacional. Cum grata recordationem consignamos aquí sus nombres ad perpetuam rei memoriam: P. José Urarte, SJ, nombrado rector, P. Cristóbal Sánchez, SJ, Prefecto de estudios; P. José Rodríguez Albornoz, SJ; P. Francisco Vázconez, SJ; junto a los hermanos coadjutores José Félix Rodríguez Guijarro, SJ y José Lexardi, SJ.


Concluido el TE DEUM dióse paso a la Sesión Solemne de la fundación del colegio «Rafael Borja» y tomó la palabra el doctor Remigio Crespo Toral, quien era por entonces uno de los últimos ex alumnos jesuitas vivientes, en el legendario colegio «San Luis» que, entre 1869 y 1876, había sido administrado por la Compañía de Jesús, apud flumina Tomebamba. La verdad sea dicha, el hecho no es una mera coincidencia y debémoslo más bien de considerar como una providencial confluencia que auguraba la proficua labor intelectual, propia de los jesuitas in nostra Sancta Mater Ecclesia. Efectivamente, un viejo alumno de la Compañía de Jesús -convertido en patriarca de las letras cuencanas- augura palabras de éxito al naciente colegio jesuita, cual albricias de dicha y fortuna, mientras per se daba testimonio de su formación ignaciana, in corpore et in anima, en tanto representaba, en el parnaso de la morlaquía, un intelectual de nombradía forjado bajo la égida de los jesuitas en el entonces colegio «San Luis» del siglo decimonónico.



Cuando los talentosos hombres nacidos para la oratoria hacen uso de la palabra sus ideas son dignas de pervivir inmarcesibles in historia mundi y por ello, bien vale aquí extraer las cosas más exquisitas del célebre discurso de Crespo Toral en la fundación del Borja rememorando, ad futuram rei memoriam, el paso de los hijos de San Ignacio de Loyola por la capital de la morlaquía en el siglo XIX. En efecto, en el histórico discurso hácese alusión a dicho instituto de «San Luis», en el mismo espacio que ocupara el colegio colonial de los jesuitas de Cuenca expulsados en el año del Señor de 1767.



Pero escuchemos a Crespo Toral de verbo ad verbum: «… Los que aprendimos a rezar y cantar bajo las cúpulas del templo de nuestra predilección, lo contemplamos en este momento arrogantemente mantenido con su pátina secular, en el corazón de la villa, presidiendo las faenas del comercio y la cultura, la educación y el taller. Resuena aún a nuestros oídos el timbre de sus campanas que congregaban a la oración o a los estudios, persiste la imagen de sus maravillosos altares de oro y grana, la de las inscripciones tumulares de su bendito suelo donde reposaban los piadosos antepasados; la de las puertas laterales de entrada al ámbito del patio y de las aulas y a la reconditez del jardín donde presidía la virgen –la española, vestida de blanco y azul-, ayer resucitada también a patrocinar las faenas universitarias: legado ella de la Compañía, dichosa imagen que guarda la tradición de los doctos estudios, hechizo de secular devoción, testimonio de persistente gratitud a la casa religiosa, aristocracia de las Ordenes regulares, hogar de nuestra fe, que para volver al Tomebamba nos dejó en prenda a la santa doncella de su amor…» (1).

Padre Miguel Franco, SJ, de progenie italiana


Conviene extraer otro parágrafo del discurso de Crespo Toral, que habla de los jesuitas que llegaron a Cuenca para dirigir el colegio «San Luis». Leámoslo in scriptis: «… Cuenca recibió jubilosamente a sus antiguos sapientes directores. Los presidía el padre Miguel Franco, de progenie italiana, varón de luces y de prudencia y alto gobierno; el sabio Capelleti hijo también de Italia; lo acompañaban Gangoiti, D. Gómez, Pérez Barba, Echeverría, Santisteban, Barrenechea y E. Sánchez, españoles; los ecuatorianos M. J. Proaño, Roberto Sosa, Antonio y Miguel Garcés; los colombianos Pies Chacón y Mogollón. Se incorporaron a los profesores algunos noveles jesuitas que no habían completado su formación: González Suárez, muy en breve altísima celebridad. Abelardo Moncayo, de tanto relieve en el campo liberal, al cual pasó desde el de la Compañía, Emilio Chiriboga, Eloy Proaño y Vega secularizados también…» (2).


Luego, Crespo Toral recordaba asimismo a sus maestros jesuitas más relevantes diciendo stricto sensu: «…En el memorial de aquel hermoso episodio de nuestra ilustración prevalecen la docta enseñanza clásica de González Suárez, la sapiente de Gangoiti, nobilísimo vasco, más tarde eminencia científica como director del Observatorio de la Habana; la del filósofo Proaño, gloria de la cátedra y del púlpito, la del maestro de música Barrenechea, al que debemos los nuevos cánticos y glosas de mayo y las sesiones filarmónicas inclusas en las veladas literarias, delicia y pasatiempo que habían de ser costumbre en nuestra comunidad intelectual… Compañeros, se han prolongado nuestros años para asistir a la restauración del colegio de la Compañía en esta querida ciudad. Y en este momento se me presentan mis maestros de primera hora: los padres Mogollón, Gangoiti, Machado –el más tarde virtuoso e ilustre pastor-, Manuel Crespo Arévalo, Landín –discípulo de altura de la Politécnica de los jesuitas de Quito-. El alma de mis maestros vive aún en mí, aunque maltrecha y empequeñecida en las asperezas de penosa faena, quizás de esterilidad…» (3).



Y no podía faltar la reminiscencia a sus condiscípulos cuando, en otro parágrafo, escribe ad peddem litterae: «…Sitio de elección y huerto florido fue el del padre Theódulo Vargas, hijo de Colombia, fundador de la Academia de San Luis, y colega del eximio poeta y lingüista, el patricio Don Belisario Peña. A ella pertenecieron Matovelle, Miguel Aguirre, Honorato Vázquez, Cornelio Crespo Toral, los Arízaga, Arriaga, Peralta, González Novillo, tantos otros, promesas entonces, realidades luego en la heredad de las letras. Era el encanto de las recitaciones, los nutridos programas de actos académicos, la condecoración a los triunfadores y la discreta y blanda maestría del padre Vargas, más tarde académico de la Española en su patria, el que debía compartir excelencia y nombradía en la ática Bogotá con el rector Carrasquilla y el insuperable padre Restrepo –príncipe ahora de las letras clásicas en su nación- que mantiene la primogenitura intelectual en América…» (4).



Post factum, cuando el colegio «Rafael Borja» cumplía 40 años de fundación y celebraba sus Bodas de Bronce, en el año del Señor de 1977, el padre Jorge Villalba, SJ, dijo del memorable discurso las siguientes expresiones que copiámoslas ad litteram: «No es novedad que ese discurso, como todo lo suyo, luciera un exquisito cincelado, lo que llama la atención en él, lo que le da el peso y ponderación de un testamento, es que el Dr. Remigio Crespo, al escribir y pronunciar esos párrafos se sintiera como un patriarca vecino al ocaso de la vida, consciente de ser el eslabón entre el colegio del siglo XIX, tan admirado por él en los primeros años de su pródiga vida y este nuevo brote que retoñaba, al que quería inflamar con el fuego sagrado del antiguo que él había guardado en su corazón y que tenía la misión de transmitir. Con emoción contenida recuerda lo que fue su colegio y ante los pocos colegiales sobrevivientes de 1876 conmemora a los amigos ya idos y coloca un ramo de laureles sobre las tumbas de sus egregios profesores».


Nosotros, por nuestra parte, solo diremos del discurso de Crespo Toral en la fundación del colegio «Rafael Borja»: «Admirabilis verba in aeternum perfecte» y en un día como hoy, en el octogésimo aniversario de fundación del querido colegio «Rafael Borja», nos parece oportuno, desde el prisma histórico, la publicación de estas preciosas palabras de Crespo Toral en la sesión solemne fundacional del instituto jesuita de Cuenca del Ecuador.

Monseñor Daniel Hermida Ortega, XI Obispo de Cuenca, Ecuador


Mas en dicha sesión solemne del 12 de octubre de 1937, luego de la intervención de Remigio Crespo Toral, enseguida tomó la palabra el padre José Urarte, SJ, primer rector del colegio, quien dio las directrices que guiarían al nuevo colegio bajo la guía de la Compañía de Jesús. Entonces, inmediatamente, monseñor Daniel Hermida Ortega declaró solemnemente inaugurado el plantel ad maiorem Dei gloriam in conchensis urbe.



80 años después del nacimiento del Borja, 75 promociones de bachilleres representan el fruto copioso del colegio jesuita de Cuenca in provintia aequatorianae Societatis Iesu bajo la formación ignaciana en la que subyacen tres pródigas fuentes de sapientia christiana que definen nuestro modus actuandi sicut antiqui Societatis Iesu alumni: «EN TODO AMAR Y SERVIR», «SER MÁS PARA SERVIR MEJOR» Y «TODO A LA MAYOR GLORIA DE DIOS», consignas que manifiéstanse ex tota fortitudine en el siguiente decálogo de los ex alumnos jesuitas in patria nostra:




DECÁLOGO DE LOS EX ALUMNOS JESUITAS EN EL ECUADOR


1. HOMBRES DE FE

Un auténtico ex alumno jesuita es, ante omnia/ante todo, un hombre de fe, amante de la verdad y la justicia, solidario y comprometido, que procura ser un buen cristiano y predica el evangelio con acciones más que con palabras, dispuesto siempre a trabajar por el prójimo a la mayor gloria de Dios. Con un gran conocimiento de sí mismo, con sus fortalezas y debilidades, así como con una clara diagnosis del mundo, tiene la certeza de saber a dónde quiere ir, mientras posee ingenio para innovar constantemente y adaptarse a las graves circunstancias de un mundo cambiante, con actitud positiva, mostrando confianza en sí mismo y proyectándola a los demás.

2. IGNACIANOS DE CORAZÓN

Un ex alumno de los jesuitas es un ignaciano de corazón, a capite ad calcem/de la cabeza a los pies, pues conoce muy bien quién fue San Ignacio de Loyola, su vida, sus obras y sus enseñanzas, las cuales son la plataforma de su educación cristiana in patria nostra. Ergo, los Ejercicios Espirituales no son nada nuevo para un ex discípulo de la Compañía de Jesús, pues son parte de su vida para discernir lo que el Señor quiere de nosotros en cada circunstancia, ya que la práctica del «discernimiento» es una de las riquezas más valiosas de la espiritualidad ignaciana.

 3. HOMBRES DE FORMACIÓN INTEGRAL

Los ex alumnos de las instituciones educativas de la Compañía de Jesús han tenido el privilegio de recibir una educación de excelencia, la cual es característica de las escuelas, colegios y universidades jesuitas. Más allá de eso, han sido beneficiarios de una formación integral humana, pues para los educadores jesuitas el educando tiene gran prioridad hasta hacer de él un hombre no solo preparado académicamente sino un cristiano con formación humana, con un sistema de valores que vuélvese como eje cardinal de un método formativo católico que considera a las personas como seres a los que débese formar para que sean buenos ciudadanos pro Patria et Deo.

4. HOMBRES DE DISCIPLINA

La disciplina es una cualidad relevante de un verdadero ex alumno de los jesuitas, puesto que, para la Compañía de Jesús, sin disciplina no se consigue nada. Así, en esta orden religiosa el estudio es preeminente, buscando la calidad a través del «magis», término latino que en la espiritualidad de San Ignacio de Loyola significa «más» y que no es sino «perseguir la excelencia», lo cual ha sido in aeternum el hilo conductor de la labor misionera y educativa de la Compañía de Jesús a lo largo de la historia. Y como los jesuitas son amantes de lo clásico, no es nada extraño que algunos de sus ex alumnos conozcan el Latín o el Griego, como un plus que adiciónase a su muy bien cuidada formación jesuitica.

5. HOMBRES CON IDENTIDAD

Un antiguo alumno jesuita identifica perfectamente las siglas: «SJ», «AMDG» y «JHS». Para él, las iniciales SJ, después del nombre de una persona, revelan su pertenencia a la orden ignaciana, pues tales siglas significan «Societatis Iesu» en Latín y «Compañía de Jesús» en Castellano. A la vez, «AMDG/AD MAIOREM DEI GLORIAM», en la inmortal lengua latina, o «A LA MAYOR GLORIA DE DIOS», en nuestra maravillosa lengua de Castilla, son identitarias de la Compañía de Jesús in universa Terra, junto con el anagrama «IHS», que significa «IESUS HOMINUM SALVATOR» o «JESÚS SALVADOR DE LOS HOMBRES», el cual representa per se la carta de presentación de la orden jesuita en todo el planeta.

6. HOMBRES SERVICIALES

«EN TODO AMAR Y SERVIR» y «SER MÁS PARA SERVIR MEJOR» son dos consignas muy familiares para un viejo alumno de los jesuitas. En ellas subyace el verdadero sentido del «MAGIS» ignaciano, que permite vivir la vida con un especial fin de servicio y no de competencia inter nos in nostra Sancta Mater Ecclesia. En consecuencia, un verdadero ex alumno jesuita es un hombre siempre listo para ayudar al prójimo dando lo mejor de sí, mientras diem per diem prepárase más para servir mejor a sus hermanos, a quienes procura ganar por el amor con el que hace las cosas, despertando en sí mismo y en los demás grandes deseos para él y para el Señor, Providentissimus Deus.

7. HIJOS DE LA MADRE DOLOROSA

Los antiguos alumnos de los jesuitas ecuatorianos tienen un particular afecto por la Dolorosa del Colegio «San Gabriel», a la que aprendimos a amar como a una verdadera mamá. La relación filial con la Madre Dolorosa, Mater Dei et Mater Nostra, es algo connatural en la vida de un ex alumno jesuita desde que la Santísima Virgen constitúyese in excelsis en un faro luminoso que alumbra nuestras existencias como un ícono de profundo respeto in patria aequatorianae, tanto más cuanto que desde 1956, en su coronación canónica por las Bodas de Oro de su milagro, fue proclamada por el Santo Padre Pío XII como «REINA DE LA
EDUCACIÓN CATÓLICA EN EL ECUADOR».

8. HOMBRES CON UN HIMNO IDENTITARIO

Un ex alumno jesuita en nuestra patria conoce a la perfección el Himno a La Dolorosa del Colegio, del P. Pérez del Pulgar, SJ, el cual es como el sino y signo de su afecto filial para la Mater amata in communitate nostra. Es común que este sacro cántico sea incluso más conocido que el propio himno del colegio jesuita en donde un antiguo alumno de la Compañía de Jesús ha educádose.

9. HOMBRES CON UN PADRE ESPIRITUAL

Es muy natural que los ex alumnos de la Compañía de Jesús tengan a un jesuita favorito que les ha enseñado algunas de las más importantes lecciones de vida, quien es el perfecto consejero por el que regrésase siempre al colegio cuando requiérese ayuda espiritual, pues él sabe qué decir y conoce genuinamente a todos sus antiguos estudiantes, siendo mas o menos, in stricta veritas, como nuestro personal Aristóteles, a quien nunca se lo olvida en toda la vida.

10. HOMBRES PARA LOS DEMÁS

Los auténticos antiguos alumnos de los jesuitas saben con apodíctica certeza lo que significa ser un buen individuo de la especie humana. Es más, conocen también lo que se siente al hacer algo por los otros y están conscientes de las maravillosas cosas que existen detrás de este gesto. Por ello, ex informata conscientia/ sobre conciencia informada, experimentan la gran significación de vivir para servir al prójimo en testimonio vivo de la espiritualidad ignaciana con la que forman una «collegialitas affectiva» o «colegialidad afectiva» que «sub specie aeternitatis» busca solo la mayor gloria de Dios in mundum universum.

Por todo esto, ex tota fortitudine/con todas las fuerzas, consignamos un agradecimiento sincero a los beneméritos padres jesuitas, quienes son los artífices de nuestra formación ignaciana. Vaya para ellos, hic et nunc, nuestro grato reconocimiento ex toto corde et ad maiorem Dei gloriam.

PAX CHRISTI CUM RESPECTUM ET REVERENTIA PRO SOCIETATE IESU IN PATRIA AEQUATORIANAE

Diego Demetrio Orellana
In Concha, super flumina Tomebamba, mensis octobris, die XII, Anno Dominicae Incarnationis MMXVII, octava Dominica XXVII per annum.

lunes, 31 de julio de 2017

IHS: IESUS HOMINUM SALVATOR

IHS: IESUS HOMINUM SALVATOR

PRECIOSO VITRAL FRANCÉS DE LA IGLESIA DE SAN ALFONSO, 
EN CUENCA DEL ECUADOR, CON EL ANAGRAMA DE LOS JESUITAS
 IN SPLENDORE ET GAUDIO



In honorem Christi, las siglas «IHS» conforman el anagrama, monograma o acrónimo del nombre de Nuestro Señor Jesucristo, Dominus ac Redemptor, y significan: «Iesus Hominum Salvator» in lingua latina, madre nutricia de nuestra incomparable lengua de Castilla donde la expresión tradúcese por: «Jesús Salvador de los Hombres», ad futuram rei memoriam.



Fiat lux, para la Compañía de Jesús esta trilogía de letras representa un trigrama que devino en su símbolo esencial como orden religiosa, desde que su fundador, San Ignacio de Loyola, cuya solemnidad celebramos hoy 31 de julio, utilizó tal anagrama en su sello de Praepositus Generalis de la naciente orden regular de clérigos en el año del Señor de 1541.




Desde entonces, secundum histórica veritas, el signo «IHS» adoptóse como símbolo de la Societas Iesu o Compañía de Jesús. Post factum, los jesuitas empezaron a usar tal anagrama como suyo propio encerrado en un círculo con refulgentes rayos solares que despréndense lumínicos in veritatis splendor.

El monograma, al quedarse incluido dentro de la circunferencia, adquiere en su conjunto una forma de sol incandescente con la adición de tales refulgentes rayos, en exacto parangón de un significado cristológico por el que concíbese a Nuestro Señor Jesucristo como el nuevo sol naciente ad omnes gentes super orbis terrarum.


Mas el jesuitico monograma no es completo sin la presencia de una cruz, la cual fue adoptada también por los jesuitas, in veritas semper fidelis, por encima de la letra «H» prodigando una gran fuerza expresiva al emblema cristólogico e identitario de los hijos de nuestro padre San Ignacio de Loyola.

El símbolo tiene variadas versiones, como multifacéticas son las imaginaciones de la gente y así, en algunas de aquellas, hállanse, ad infra, por debajo, los tres clavos de la crucifixión del Divino Redentor, elementos que consolidan más aún su significación salvífica in Societate Iesu et in commemoratione de Passione Domini.

Teológicamente, in historia ecclesiae, ha interpretádose que los tres clavos no evocan tan solo el sumo sacrificio del sublime suplicio de la redención, puesto que –simbólicamente-  engolfan al creyente para pensar en el Dios trino y uno, Sancta Trinitas unus Deus, en donde Cristo, Filium Dei unigenitum, es la segunda persona de la Santísima Trinidad.


Ab origine, conviene navegar por las apacibles aguas de la etimología para completar el «sensus vero» o «verdadero sentido» del acrónimo jesuitico par excellence.



Así pues, dígase entonces, in honorem veritatis, que las siglas «IHS» provienen originariamente de la lengua griega, puesto que «IHΣ» son las tres primeras letras del nombre de Jesús en tal idioma que, in extenso, es: «ΙΗΣΟΥΣ». Del griego, la sigla «IHΣ» pasó a la lingua latina y evolucionó hasta identificarse como «IHS».


Ante disceptationem, el tema es complicado etimológicamente si hemos de considerar que en griego la sigla «IHΣ», al representar las tres primeras letras del nombre heleno de Cristo, difiere sustancialmente con la sigla latina «IHS», al significar ésta toda una expresión ya conformada gramaticalmente como «Iesus Hominum Salvator». Esta particularidad hace no ser tan convincente que la sigla griega «IHΣ» equivalga ex integro a la sigla latina «IHS», prefiriendo pensar que hubo una evolución en ésta última hasta estructurarse el acrónimo latino in honorem ChristiNo obstante, quid pro quo, hay una familiaridad explícita entre las dos lenguas, en el nombre de Jesús, lo que da cuenta del interesante origen grecolatino del anagrama cristológico y jesuitico in historia mundi.




In via historiae, la verdad sea dicha, ha vístose que en las inscripciones mortuorias de los primeros cristianos colocábase este trigrama que, con la influencia de la cultura romana, fue interpretado luego, in nostra amata lingua latina, como la abreviatura de la frase «Iesus, Hominum Salvator» o «Jesús, Salvador de los Hombres», como ya lo dijimos ut supra.




Cabe indicar que el trigrama «IHS» tiene también una variación con el trigrama «JHS», pues en la lingua latina, lingua sacra in nostra Sancta Mater Ecclesia, la palabra Jesús puede comenzar con «I» o con «J», como dos variaciones a lo largo de la historia, por lo que el acrónimo puédese escribir, ad libitum, como «Iesus, Hominum Salvator» o «Jesus, Hominum Salvator», siendo las dos formas válidas debido a la versatilidad de nostra mater lingua, el Latín. 



Ad orientem, en la cultura griega, no obstante, también era el monograma de Cristo la combinación de las letras «X» y «P», entrelazadas o yuxtapuestas una sobre otra, siendo un símbolo que con el correr del tiempo conocíase como el crismón, adoptado por Constantino, el Grande, en sus estandartes militares. Ad exemplum, durante el siglo IV el crismón representábaselo, ora en los monumentos, ora en los edificios públicos, ora en las iglesias y sarcófagos, como en lámparas, vestimentas, ropas, utensilios caseros, etc.


Por otra parte, a similis, en la cultura latina, en los primeros siglos del cristianismo iba configurándose el uso del monograma «IHS» como nombre del Señor tanto como en la época de la Patrística y los siglos subsiguientes, con la era carolingia, la Alta y la Baja Edad Media.



Mas el anagrama hízose más popular con San Bernardo de Claraval, durante el siglo XII, pues es este santo quien impulsó la devoción al Santísimo Nombre de Jesús in nostra Sancta Mater Ecclesia.



El tiempo vuela, in via veritatis, y llegamos a la décima cuarta centuria cuando el beato Juan Colombini, fundador de la Congregación Jesuati, acostumbraba llevar tal acrónimo en el pecho.





Ya para el siglo XV la sigla «IHS» convirtióse en un símbolo iconográfico que definía a Cristo y así fue aceptado por San Vicente Ferrer, OP, gran predicador dominico durante el cisma de Occidente.


Pero es San Bernardino de Siena, OFM, sol refulgente de la orden del seráfico San Francisco, quien lo popularizó pues, secundum historica veritas, el benemérito franciscano, al final de sus homilías, presentaba piadosamente a su ávida audiencia este monograma circundado de rayos, por lo que fue censurado e incluso llamado ante el papa Martin V, con quien concluyóse justamente el terribilis et horribilis Cisma de Occidente.





Por extensión, los padres franciscanos, siguiendo a San Bernardino de Siena, OFM, fueron importantes propulsores de la celebración del Santísimo Nombre de Jesús y continuaron difundiendo el anagrama, urbi et orbi, en sus directas áreas de influencia durante la Baja Edad Media.

Así, el acrónimo del nombre de Jesús adquiría pleno vigor in Sancta Romana Ecclesia y para el siglo XVI era ya un símbolo cristológico de reconocida presencia ab intra ecclesiae, como pruébase en esta vidriera del año del Señor de 1524, donde confírmase que el trigrama era un ícono ya muy posicionado en la iconografía católica romana.



Es en este contexto cuando San Ignacio de Loyola adoptó el monograma en su sello como Praepositus generalis de la Compañía de Jesús, para luego convertirse en el «signum fidei» de los jesuitas y emblema sempiterno de la orden ignaciana usque ad consummationem saeculi/ hasta la consumación de los siglos.


La razón por la cual Ignacio de Loyola lo escogió como símbolo para su sello débese a que su orden religiosa llámase la Compañía de Jesús y no otro signo más elocuente podríase haber seleccionado como representación expresa de la centralidad de Cristo para todos los jesuitas in omnia Terra. Llama la atención que en el sello escogido por el santo fundador de los jesuitas colocáronse debajo del trigrama una luna y dos estrellas que, equidistantes, circúndala, lo cual da cuenta de otra creativa manera de representación del acrónimo del nombre de Jesús. 




En la propia Curia Generalizia de la Compañía de Jesús, centro nuclear de los jesuitas in Roma aeterna, antes de ingresar a las llamadas «cámaras de San Ignacio» encuéntrase grabado en bronce el trigrama jesuitico «IHS» con la cruz que nace sobre la letra «H» y exáltase gloriosa in nomine Iesu.





Allí mismo, in Roma semper aeterna, apud Sancte Ignatius, en las prenombradas recámaras de San Ignacio de Loyola, encuéntrase también el anagrama de Cristo en un fresco de singular aspecto, encerrado en una circunferencia, alrededor de la cual inscribióse la frase latina: «ET VOCATUM EST NOMEN EIUS IESUS», expresión que en nuestra encantadora lengua de Castilla significa: «Y SE LE PUSO EL NOMBRE DE JESÚS» tal como lo indica el evangelista San Lucas in sacra scrptura et in honorem Christi.





Ad effectum videndi, para la Compañía de Jesús es significativa la escogencia del trigrama de Cristo por parte de San Ignacio de Loyola, puesto que en muchas de las representaciones iconográficas del santo fundador de la Orden religiosa aparece él mismo, per se, sujetando con su mano derecha el acrónimo de Nuestro Señor Jesucristo, Hominum Salvator ad omnes gentes, como puédese contemplar en esta preciosa escultura del llamado «altar de la conversión» en el Santuario de Loyola, justamente en la habitación en que, convaleciente, San Ignacio convirtióse al cristianismo decidiendo dejar las armas in honorem Christi para luego fundar la Compañía de Jesús in nostra Sancta Mater Ecclesia ad maiorem Dei gloriam.



Mas la semiótica del acrónimo jesuitico es amplia y préstase para una serie de interpretaciones que aléjanse un tanto de la ortodoxia in historia mundi. Así, para algunos la sigla «IHS» significa: «In Hoc Signo (vinces)», latina frase que junto a la cruz vio en el cielo el emperador Constantino cuando convirtióse al cristianismo y que en nuestra esplendorosa lengua de Castilla significa: «Por este signo vencerás», mientras, quid pro quo, para otros, el anagrama «IHS» significa: «In Hac Salus», lo cual tradúcese en castellano como: «En esta (cruz) la salvación».




In Societate Iesu, ha considerádose asimismo, fuera de la ortodoxia, que el monograma «IHS» significa: «Iesus Habemus Socium» que podríase traducir como: «En Jesús tenemos un socio».





In vita communitatis, la religiosidad popular también ha aportado con curiosas significaciones al anagrama de Cristo y así, para la gente piadosa, in historia nostra, el trigrama «JHS», con la versión de la letra «J» ha sido interpretado como «Jesús Hostia Santa» o «Jesús Hostia Sagrada» in hispanica lingua et in América Latina. Lo precedentemente manifestado permite ver, inter nos, la maravillosa versatilidad de la hermosa lengua de Castilla versus su lingua mater, el Latín, entrelazándose lúdicamente entre sí, como el Latín y el Griego más arriba, in honorem Christi et pro populo beneficio.


Como puédese ver, estas últimas interpretaciones parecen forzadas, prima facie, pero el hecho da cuenta de la fluidez con la cual el acrónimo cristólogico ha pervivido in perpetuum, ad gloriam Dei, in nostra Sancta Mater Ecclesia.



Ars gratia artis, en la historia del Arte, el anagrama jesuita ha tenido también interés explícito, ora en el vitral, ora en la pintura, ora en la escultura. Así, exempli gratia, en las artes plásticas son muchas las obras pictóricas en las que el acrónimo representóse eurítmicamente, siendo tres las creaciones artísticas que llaman nuestra atención ad hoc en este ensayo. La primera, verbi gratia, el fresco de la bóveda de la iglesia matriz de los jesuitas, in Roma semper aeterna. 




Nos referimos a la iglesia del Gesú, donde Giovanni Battista Gaulli, conocido como el Baciccia, pintó entre 1676 y 1679 un magistral fresco en donde el acrónimo jesuita «IHS» es el punto focal de una didáctica pintura mural y hállase inmerso en una luz incandescente, cual si fuese un sol esplendoroso, lumen de lumine in Terra. Por encima de la letra «H» la cruz refulgente parece formar el símbolo correspondiente a Saturno, que brilla como un astro solar y -para la crítica especializada-  hállase en amalgama con todos los que conformamos el pueblo de Dios, que a través del Santo Nombre de Jesús buscamos la alquimia espiritual, a fin de convertirnos en el Sol Invicto, que hállase presente también en el anagrama de la Compañía y es como el «oro» o «aurum», que es el Señor Jesús.



El acrónimo jesuita representado entonces como un sol, lux veritatis ad omnes gentes, está rodeado de una corte de ángeles adoradores y triunfantes junto con hombres y mujeres que representan a nostra Sancta Mater Ecclesia como el «cuerpo místico de Cristo» dirigidos a él en alquimia simbólica in honorem Sanctissimi Nominis Iesu.



En la misma bóveda del templo del Gesú existe un conjunto escultórico realizado por Antonio Raggi y Leonardo Retti, en donde una filacteria sostenida por ángeles orantes, vivificantes y triunfantes dice in lingua latina«In nomine Jesu omne genuflectatur cælestium, terrestrium et infernorum/ En el nombre de Jesús todos genuflexionan en el cielo, la tierra y el infierno», puesto que solo al Señor, Pontifex fidelis et misericors, débesele toda gloria y majestad, como lo han enseñado desde siempre los hijos de San Ignacio de Loyola in universa terra.




Ex integro, el fresco de Giovanni Battista Gaulli en donde graficóse el anagrama «IHS» es en verdad esplendoroso e intégrase, ex tota fortitudine, armónicamente, en el tumbado de la iglesia del Gesú con la preciosa filacteria descrita ut supra in honorem Christi.



La tercera obra de arte vinculada con el anagrama jesuita está en la National Gallery de Londres y fue pintada por el Greco entre 1578 y 1579. Es conocida como «La adoración del nombre de Jesús», «La gloria de Felipe II» o «La Alegoría de la Liga Santa». In splendore et gaudio observánse en ella dos espacios interdependientes, superpuestos e intercomunicados gracias a los rayos luminosos y las miradas de los personajes ad infra. Ut supra, no obstante, existe un rompimiento de la gloria celestial para mostrarnos entre las nubes el trigrama, «IHS» del nombre de Cristo. La multitud hállase de hinojos en adoración del nombre de Jesús. Diríase mas bien, in lingua latina semper amata: in sollemnitate Sanctissimi Nominis Iesu. La gente encuéntrase junto a Felipe II, rey de España, el almirante Juan de Austria, el papa Pío V y el Dux de Venecia que contemplan patidifusos la visión salvífica. El purgatorio, en medio de una flamígera atmósfera, encuéntrase a sus espaldas, mientras Leviatán devora a infieles y herejes, en primer plano, ad dexteram, a la diestra, en apocalíptica escena.


Para quienes, in honorem artis, prefieren la semiótica teológica del cuadro a la razón política que pudiere trasuntar per se, el verdadero protagonista de la obra es Felipe II, Rex Hispaniarum, quien estaría ad portas del Juicio Final. Esta explicación concuerda con los nombres que recibió también el cuadro en el siglo XVII: «Felipe II en la gloria», «Visión que tuvo Felipe II» o más popularmente «La Gloria de Felipe II». Mas, independientemente de todo esto el quid de la cuestión es que esta obra maestra de El Greco es, a todas luces, la «Adoración del nombre de Jesús», por lo que nos inclinamos a preferir este nombre tan solvente para esta maravillosa creación artística in honorem Christi in historia mundi.






Mas, in honorem artis, en el mundo arquitectónico es paradigmática la presencia del acrónimo del nombre de Nuestro Señor Jesucristo en la iglesia de la Santa Croce de Florencia en donde la belleza singular del templo adquiere una especial hermosura en el pináculo del frontispicio ad maiorem Dei gloriam.



Efectivamente, como puédese ver en la imagen, en el triángulo con el que remátase el frontis de la iglesia, el cual evoca al Dios trino y uno in Sancta Trinitas unus Deus, colocóse en el centro de una estrella de seis puntas el anagrama «IHS» como preponderante elemento del conjunto y punto focal de las miradas que contémplanlo reluciente in excelsis et solus ad gloriam Dei.




Mirado ex professo en su unicidad, el trigrama «IHS» aparece, a ojos vista, rodeado de lumínicos y refulgentes rayos solares que cautivan la atención dentro de la estrella, en un azulado fondo que evoca a los inmensos mares y contrasta, ipso facto, con el blanco color del acrónimo que resalta cual si fuese una especie de stella maris dentro de una circunferencia que enmárcase en el triángulo previamente descrito bajo una atmósfera donde la euritmia y la estética confluyen magistralmente atrayendo las miradas de todos quienes pueden contemplarlo absortos y exultantes de gozo ante el inefable misterio salvífico que el ícono cristológico representa per se, ad maiorem Dei gloriam in universa terra.









Secundum artem et in honorem artis, en las diversas manifestaciones artísticas que en el mundo han sido existen sorprendentes lindezas en la representación iconográfica de este esplendente anagrama jesuitico par excellence, como podémoslo contemplar, a maxima ad minima, en el precedente despliegue de imágenes.







Semper idem, el anagrama cristológico y jesuitico ha sido también objeto de preciosos bordados en los ornamentos y paramentos litúrgicos que, in omnia terra, han fabricádose para la celebración de los oficios religiosos y ceremonias in nostra Sancta Mater Ecclesia.




Mas son múltiples los objetos sagrados que, in nostra Sancta Mater Ecclesia, contienen el anagrama jesuita como un elemento insustituible de reconocida presencia, como puédese apreciar, exempli gratia, en este hermoso relicario en cuya base distínguese el sacro trigrama «IHS» como signum fidei por el que reconócese su identificación jesuitica in honorem Christi.





En Cuenca del Ecuador, exempli gratia, puédese contemplar también el trigrama «IHS» junto al monograma de María, Mater Dei et Mater Nostra, en una atractiva vidriera francesa de la iglesia de San Alfonso, del siglo XIX, ícono emblemático de arte religioso ad gloriam Domini et super flumina Tomebamba. El acrónimo escogido constituye un ejemplo más de la rica iconografía católica romana que sobre el tema podémoslo hallar super orbis terrarum et in veritatis splendor.




Y en todas las épocas de la historia, la imaginación artística de nuestros creadores y artífices in mundum universum ha logrado sorprendentes variaciones del acrónimo jesuitico in honorem Christi et solus ad maiorem Dei gloriam in nostra Sancta Mater Ecclesia. Así pruébalo, exempli gratia, este contemporáneo mural realizado en cerámica, en donde puédese apreciar, ex admirationem, particularidades propias secundum artem et in nomine Iesu ad maiorem Dei gloriam.






En los presentes tiempos, el anagrama jesuitico inclúyese también en el escudo pontificio de Franciscus, per Divinam Providentiam Papam I. Francisco, el primer romano pontífice jesuita de la historia, precisamente explicó, ex tota claritas, la significación excelsa que para el mundo jesuita tiene el anagrama «IHS», en la santa misa celebrada in sollemnitate Sancte Ignatius a Loyola, el 31 de julio del año del Señor de 2013, a tres meses de su elección pontificia. In diebus illis, el Santo Padre expresó las siguientes palabras que las transcribimos ad peddem litterae: «Nuestro lema, el de los jesuitas, “Iesus Hominum Salvator(IHS). Cualquiera de vosotros podría decirme: “¡lo sabemos muy bien!” Pero este lema nos recuerda constantemente una realidad que no debemos olvidar nunca: la centralidad de Cristo para cada uno de nosotros y para toda la Compañía que San Ignacio quiso que se llamase “de Jesús” para indicar el punto de referencia. También al inicio de los Ejercicios Espirituales, nos pone de frente a nuestro Señor Jesucristo, a nuestro Creador y Salvador (cfr EE, 6). Y esto nos lleva a nosotros, los jesuitas y a toda la Compañía, a ser “descentrados”, a tener siempre delante a “Cristo siempre mayor”, el “ Deus semper maior ”, el “intimior intimo meo“, que nos lleva continuamente fuera de nosotros mismo, nos lleva a una cierta kenosis, a “salir del propio amor, querer e intereses” (EE, 189)».








Y como nunca antes in historia ecclesiae el anagrama de los jesuitas encuéntrase hoy in Roma semper aeterna, ex aedibus vaticanis, junto a San Pedro, en los propios jardines del Palacio Apostólico Vaticano, donde ad sollemnitatem contémplase el escudo pontificio del Santo Padre Francisco I con el acrónimo del nombre de Jesús, ícono jesuitico par excellence que el papa lo adoptó como elemento esencial de su escudo pontificio. 




 Así, ad concludendi, digamos entonces que el monograma de la Compañía de Jesús tiene una interesante historia atiborrada de anécdotas y hechos paradigmáticos in honorem Christi, Pontifex in aeternum perfecte, y el acrónimo devino, in historia Societatis Iesu, como un verdadero «signum fidei» o «signo de fe» para todo el mundo jesuita, en donde inclúyense, a mucha honra, sus viejos estudiantes sicut antiqui Societatis Iesu alumni ad maiorem Dei gloriam et solus in honorem Sanctissimi Nominis Iesu.


Diego Demetrio Orellana
In Concha, super flumina Tomebamba, mensis Iulii, die XXXI, Anno Dominicae Incarnationis MMXVII, in sollemnitate Sancte Ignatius a Loyola, primus praepositus generalis Societatis Iesu.



OPINIONES CIUDADANAS


De: Jorge Suarez
Para: DIEGO DEMETRIO ORELLANA  
Enviado: Martes 1 de agosto de 2017 1:28
Asunto: Re: UN ACRÓNIMO DE SIGNIFICACIÓN SALVÍFICA AD GLORIAM AETERNAM

Cuanta sapiencia. Felicitaciones.
saludos, Jorge
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