martes, 5 de julio de 2016

EDUARDO SEGOVIA EN EL ARTE CUENCANO






Ad bene placitum, cuando observamos las creaciones de Eduardo Segovia, un original artífice de la cerámica en la capital de la morlaquía, es común que nos sorprendamos con su inmensa capacidad imaginativa, pues cada uno de los elementos confeccionados por sus manos es un ejemplo de la infinita posibilidad que la arcilla prodiga -en un alfarero- para volverse, ab aeterno, un ejemplar de colección.




Así, cada pieza creada encanta ad súmmum ora por su diseño y estética, ora por su fuerza expresiva, ora por la capacidad sorpresiva con la que conviértese a la arcilla en exquisitos objetos de peculiar estética, pues este relevante ceramista cuencano trabaja denodadamente cual vigoroso creador que «viene del barro y al barro vuelve» como suele definirse cuando conceptúase per se como un alfarero in urbe nostra.




Así, ad multos annos, es siempre gratificante encontrarse en nuestra ciudad con las obras de cerámica de Segovia, quien cotidianamente demuéstranos que sus trabajos han alcanzado grandes niveles de estilización ad contemplationem nostra/ para nuestra contemplación. Inquieto y curioso, tanto como observador y andariego por los caminos de la alfarería, el ceramista Segovia indaga permanentemente, de momento ad momentum, todas las posibilidades de la arcilla para modelarla en el torno y fijarla en el horno.



De esta manera, Segovia obtiene sui generis piezas que por lo armoniosas y creativas atraen nuestras miradas para descubrir en ellas la belleza que puede conseguirse cuando la devota actividad de un alfarero y su indómita perseverancia logran que el material térreo sea sometido a un proceso de experimentación por el que, quid pro quo, el barro deviene en objetos figulinos y decorativos de sorprendente hermosura para la admiración de propios y extraños.



Por lo tanto, ad experimentum, ese proceso de indagación permanente consigue dominar el material haciendo que a Eduardo no puédaselo concebir sin su «constante búsqueda», por la que defíneselo como un curioso y polifacético explorador de la tradición ceramista en Cuenca del Ecuador, donde ha logrado, secundum artem, rutilantes trabajos artísticos y estéticos de renombre nacional e internacional.



 



Y esa búsqueda constante ha llevádolo también a salirse de su actividad alfarera para ingresar en el mundo de la pintura, donde Eduardo navega como un intenso artista que refléjase, coram populo/ ante el pueblo, con una habilidad preeminente para jugar con el trazo, desde el dibujo, mediante sinuosas líneas perfiladas en el albo espacio pictórico, logrando un contraste monocrómico donde el negro define el versátil dibujo que conforma el universo compositivo de sus figuras.




Y los dibujos boceteados contrastan, vis a vis, en el blanco soporte en el que créase una lúdica atmósfera donde, ad libitum, las líneas vuélvense libres e intégranse juguetonas, mientras las figuras que el artista consigue retrotraen nuestras miradas para pensar en las epónimas obras de Miró, a quien quizás inconscientemente evoca, in memoriam, denotando que en su proceso creador las influencias de los grandes maestros no le son esquivas como no lo son tampoco en el ámbito alfarero, donde Segovia ha descollado con personalidad propia.



Así entonces, el salto que Eduardo ha conseguido desde la tridimensionalidad de la cerámica a la bidimensionalidad de la pintura confírmanos, a fortiori, la capacidad exploradora del maestro y su inquieta condición de curioso artista en búsqueda de nuevos lenguajes artísticos con los que nos invita a degustar ad infinitum las prodigiosas posibilidades que el arte alcanza para consignar la belleza en el lienzo y en la arcilla admirabilis et singularis in omnia terra.


Diego Demetrio Orellana
In Concha, super flumina Tomebamba, ad initium mensis Iulii, die I, in Anno Misericordiae MMXVI

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