viernes, 26 de agosto de 2016

LA CASCARILLA IN HISTORIA NOSTRA



In conchensis natura et super flumina Tomebamba/ En la naturaleza cuencana y sobre el río Tomebamba, ciertas especies vegetales que cultívanse en la capital azuaya y sus alrededores han sido importantísimas para el desarrollo local, puesto que han cumplido un protagórico rol y su fama ha trascendido el paso de los siglos superando universales fronteras que desbórdanse de los límites comarcanos hasta constituirse per se en elementos primordiales para la historia de nuestra comunidad ad futuram rei memoriam.


Una de estas plantas tan ligadas a la cultura local es la Cascarilla, género que tiene algunas especies cuyos nombres científicos en la inmortal lingua latina son, entre otros: «Cinchona centifolia», «Cinchona pubescens», «Cinchona succirubra», todos especímenes vegetales autóctonos de América y particularmente de nuestros páramos andinos. Ab urbe condita, desde la fundación de la urbe, la planta era también llamada con el nombre de «Quina-quina» o, a la vez, como «Quinoa», y trátase de un árbol nativo de las montañosas zonas en nuestra andina cordillera. Ab initio, nada de especial hubo de tener el especimen que no fuese su peculiarísima fronda por la que atrae ipso facto a todas las miradas de quienes pueden observarlo, cum accurata diligentia, con su jaspeado color verde que contrasta vis a vis con la sutil blancura de sus hojas en el singular envés, descubriendo luego su peculiarisimo tronco cuya corteza conformáse de filamentos que, mientras simulan una especie de papel o pergamino, despréndense justamente como «cascarillas», hecho que devino en el castizo nombre de la especie, mientras en conjunto, sub specie instantis, tales filamentos conforman un vistoso tronco digno de interés fotográfico, in honorem artis, siendo además un interesante objeto de análisis para los botánicos y los estudiosos de la natura, a fortiori et in omnia Terra.



Así, la planta volvióse, Deo gratias, motivo de experimentación científica y un día, ex abrupto, descubrióse que era un eficaz remedio para curar la malaria o fiebre amarilla, epidemia mortal a la que llamábasela asimismo como «terciana» in illo tempore y por la que miles de personas murieron en los primeros siglos de la conquista ibérica. Eran los lejanos tiempos de la Colonia y huelga decir, in veritas semper fidelis, que esta enfermedad prácticamente diezmó a la población, puesto que todos quienes adquiríanla estaban irremediablemente destinados a morir, mientras que durante centurias no encontrábase el remedio preciso para combatirla, siendo en el siglo XVIII cuando detectóse -de curiosísima manera- que la Cascarilla era la panacea para terminar con este peligrosísimo mal in universa Terra.
 «Cinchona succirubra»

Y la curiosa forma en que operó tal descubrimiento no pudo ser más inopinada in historia nostra, toda vez que la casualidad que subyace en el hecho histórico que hizo de la cascarilla el remedio para la malaria atibórrase de sorpresa y encanto ad experimentum. Efectivamente, hace más de 260 años, praeter opinionem/ contra toda expectativa, comprobóse que la corteza de este árbol era eficacísima para aplacar la fiebre amarilla, debido a que este elemento preparado en infusión tiene propiedades febrífugas con las cuales desaparece la malaria ipso facto y de forma casi milagrosa como experimentóse con un fortuito personaje del virreinato de Lima.


 «Cinchona pubescens»


Ergo, cuenta la historia que la primera persona que logró salvarse de la muerte gracias a esta planta fue la condesa de Chinchón, quien era esposa del Virrey del Perú in diebus illis/ en aquellos días y curóse de la malaria por la febrífuga corteza de tan singular especimen montañoso. Y este anecdótico dato convirtióla en un protagónico personaje para la historia de la ciencia médica volviéndose célebre in aeternum, a causa de tan milagrosa curación. Post factum, en su honor, el árbol fue bautizado como «Cinchona» en la inmortal lingua latina, idioma de las ciencias par excellence, donde el nombre de la planta resulta poético y evoca per se a este casualmente célebre personaje en cuyo honor creóse el término botánico, quien jamás habría entrado en los anales de la historia de no haber sido por la anecdótica manera en que salvóse de la fiebre amarilla, gracias a esta prodigiosa planta. Existen algunas variedades de Cinchona o Cascarilla, mas todas son apropiadas para curar la mortal Malaria in universa terra.


Los nombres etimológicos de las plantas y los descubrimientos científicos en todas las ciencias eran registrados en esta culta lengua, por lo que así hubo de ser en este caso con la condesa de Chinchón de por medio. Desde el Latín el término que evoca a la cortesana castellanizóse como «Chinchona», aunque en las lenguas aborígenes la planta conocíase como «Quina-quina». Mas, en el contexto hispano y fuera del detalle taxonómico que interesó a la Botánica, lo que propició el bautizo del especimen en nuestra maravillosa lengua de Castilla fue mas bien una de las características morfológicas de la planta puesto que debido a que la corteza del árbol es la que sirve eficazmente para curar la malaria, y en consideración de que aquella «descascárase» debido a sus filamentos que despréndese como papeles o pergaminos, los colonizadores llamaron también a esta especie vegetal como «Cascarilla», in nostra hispanica lingua.



De esta manera, «Quina-quina», «Cascarilla» y «Cinchona» son los nombres con los que  conócese a este precioso y milagroso árbol, desde siempre muy común en los bosques primarios de las montañas que circundan los Andes in excelsis. La planta adáptase al frío y crece rápidamente haciendo que se desarrolle copiosamente urbi et orbi. Al parecer, en todos los territorios azuayos podíasela encontrar con exuberancia. Tanto es así que, desde los registros históricos de la localidad, encuéntranse ya referencias sobre ella en el año del Señor de 1754, cuando don Joaquín de Merizalde y Santisteban, quien era Corregidor y Justicia Mayor de Cuenca in illo tempore, escribió las siguientes cosas que reflejan que la Cascarilla era una planta importantísima dentro del Azuay. Leamos, ad peddem litterae, lo que este tal Merisalde dice in scriptis en un texto intitulado «Cuenca, población y hermosura de la provincia» al hablar de la cascarilla que cultivábase en Gualaceo: «…conserva a la parte del Oriente tres montañas: Tapa, Pan y Namser, enriquecidas (entre otras apetecidas maderas) del célebre específico contra las tercianas, conocido con el nombre de Cascarilla ó Quina-quina, tan buena en su calidad como la de Cajanuma y Vitusinga de la provincia de Loxa…».


Ad effectum videndi, las palabras de Merisalde dan cuenta que la Cascarilla que crecía en Gualaceo era de muy buena calidad en el siglo XVIII y de aquí era explotada para ser llevada a muchos lugares del mundo. Tal actividad fue de veras profusa inter nos y conviene precisar que hasta finales del siglo XIX la exportación de la Cascarilla fue un lucrativo emprendimiento para muchas florecientes y productivas familias azuayas que explotaban la planta por todas las zonas andinas de la región. Ad exemplum, la familia Ordóñez Lasso y Benigno Malo Valdivieso tuvieron un papel protagónico relevante con este munificente negocio, mientras en los páramos del Parque Nacional «El Cajas» este especimen vegetal es de veras copioso conformando amplios y profusos bosques que delinean preciosos paisajes junto a los lacustres sitios que pululan en la zona y hacen de ella un vero paradiso in stricta veritas, toda vez que en la periferia de la ciudad cargada de alma prácticamente todas las parroquias rurales del cantón lo tienen como una especie común de sus altas y escarpadas regiones naturales.



Por lo dicho, para Cuenca y su amplia zona andina de influencia, la «Chinchona» o «Cascarilla» es una de las plantas más emblemáticas de su historia, siendo aún parte esencial de los bosques primarios de las montañas que lo circundan in puris naturalibus et in admirabilis splendor.


Diego Demetrio Orellana

Datum Concha, mensis augustii, die XXVI, currentis Anno Domini MMXVI, in Anno Misericordiae

OPINIONES CIUDADANAS


Diego: Tus conocimientos ilustran al lector.

Gracias.

saludos, Jorge Suárez
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