martes, 23 de febrero de 2016

UN TEMPLO MAGNIFICENTE AD GLORIAM DEI


Admirabilis et aeterna in excelsis, la catedral de Milán, también conocida por los italianos como «Il Duomo di Milano», es una de las construcciones más espectaculares que puédese contemplar in universa terra. Escribir sobre ella es una oportunidad gozosa para rememorar trepidantes experiencias que puédense vivir de profundis in cordibus nostris al enfrentarse vis a vis con esta maravilla de la arquitectura universal in omnia terra.


Contrafuertes, arcos rampantes y pináculos ad gloriam Dei


En este majestuoso templo catedralicio cualquier espacio vuélvese motivo de especial atractivo para todos quienes tienen la suerte de contemplarlo ad summum. Lo que más llama la atención a los viandantes y circunstantes que lo visitan es la infinidad de pináculos y torres coronadas por estatuas que contemplan a la ciudad. Este singular aspecto, originalis et sui generis, hace del Duomo di Milano la primera cosa por la que somos atraídos hacia él sicut cervus ad fontes/ como el ciervo a las fuentes.



Después de la Catedral de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano, al «Duomo di Milano» considéraselo como la segunda catedral más grande del mundo in nostra Sancta Mater Ecclesia. Fue construida en el mismo centro de la ciudad en la Antigua Roma, denominada Mediolanum. Tiene 157 metros de longitud y puede albergar a más de 40.000 personas en su interior. Desde 1386 levantósela como un monumento paradigmático del Gótico, a merced de la iniciativa del arzobispo Antonio da Saluzzo, secundum histórica veritas, mas fue en enero de 1965 cuando concluyóse para poder admirarla in veritatis splendor. Su plaza es impactante, grande y espaciosa, siendo todo el tiempo un centro incomparable para las manifestaciones artísticas y culturales que hacen del sitio un lugar romántico y espectacular hasta los límites de la sorpresa y el embelesamiento.


In historia antiqua, en el lugar ubicóse la basílica de San Ambrosio, desde el siglo V, y en el año 836 fue agregada la Basílica de Santa Tecla. En 1075 ambos edificios fueron destruidos por un gran incendio y en 1386 comenzó la construcción del Duomo en el mismo lugar. Su historia es fabulosa, pues, in illo tempore, Gian Galeazzo Visconti, un hombre poderoso y caprichoso por las grandes ostentaciones, al mandar sobre un territorio amplio y productivo, quiso edificar una gigantesca catedral. El proyecto habría de durar siglos, como sucede con las majestuosas cosas que en el mundo han sido, y sucediéronse valiosos arquitectos para levantarla in excelsis: Giovannino dei Grassi, Antonio di Vicenzo, Heinrich Parler, exempli gratia, fueron los iniciales constructores que definieron la planta esencial del templo: cinco naves, un transepto marcado con tres naves, cabecera poligonal y dimensiones inmensas. Mas, praeter opinionem o contra toda expectativa, mientra avanzaba in crescendo el imponente edificio íbanse discutiendo proporciones y ritmos tanto como problemas estructurales hasta lograr que el templo sea majestuoso en todas sus magnitudes.


Con la designación de San Carlos Borromeo como Obispo de Milán, el 5 de abril de 1566, las obras cobrarían un nuevo impulso y diversas modificaciones del proyecto. Secundum veritas, en 1571 encargóse al pintor y arquitecto Pellegrino Tibaldi la reanudación de los trabajos. Juntos pretendieron cambiar la fachada para que fuese de un diseño más renacentista pero el objetivo nunca llegó a realizarse. Bajo la égida de Borromeo hízose el magnífico baptisterio y en 1577 San Carlos Borromeo consagraría in sacris el edificio completo, aunque inacabado. En 1584 fallecía, en Milán, San Carlos pero el templo aún esperaría casi 4 siglos para ser concluido. Prácticamente los detalles imponentes y espectaculares de la catedral aún seguirían hasta los siglos XVIII y XIX. Al final logróse un efecto precioso con una fachada impresionante, deslumbrante y ajeno a lo que comúnmente se entiende por gótico italiano.



En la cima de la torre principal, ad exemplum, el viandante es impactado por la singular «Madonnina», así llamada a una estatua barroca de bronce dorado que corona el pináculo de esta altísima torre. Fue esculpida en 1774 y es, urbi et orbi, punto referencial de la máxima altura de este bellísimo templo catedralicio ad gloriam Domini. En este año la catedral alcanzaría la altura de 108,5 metros, debido a la construcción de este elemento, obra de Giuseppe Perego, que inició sus trabajos en 1762. Post factum, un siglo luego, con la llegada de Napoleón reiniciaríase la construcción de la fachada, con el arquitecto Francesco Soave. En señal de gratitud, ex toto corde, a Napoleón colocóselo una estatua suya en la cima de una de las espiras. Los últimos detalles no concluiríanse sino hasta el siglo XX, tanto así que la la última puerta inauguróse el día 6 de enero de 1965, in Sancta Epiphania.



En una bóveda del techo, detrás del altar guárdase, secumdum traditio in Sancta Mater Ecclesia, uno de los tesoros de la catedral: «un clavo de la cruz de Cristo, Dominus ac Redemptor Noster». El sábado más cercano al 14 de septiembre, in sollemnitate Exaltationem Sancta Crucem, se saca el clavo del lugar en el que guárdaselo para que los fieles puedan admirarlo.


Hay una cosa que fascina, ex tota anima nostra, en todos quienes visitan esta catedral y es la terraza panorámica cuya ascención resulta espectacular.La terraza ocupa prácticamente toda la superficie del tejado y permite, admirabilis et singularis, contemplar preciosas y únicas vistas de la ciudad. Aquí es donde puédense mirar, cum accurata diligentia, los detalles de los pináculos y las esculturas del sacro templo ad gloriam Christi.



In memoriam, en la cripta encuéntrase la capilla de San Carlos Borromeo, en donde puédense venerar sus restos, junto con el sarcófago de los arzobispos Ottone y Giovanni Visconti (siglo XIV), así como la estatua de San Bartolomé, de Marco D’Agrate, delante del antiguo mausoleo. El presbiterio, compuesto por un coro, dos púlpitos y dos órganos, es otro espacio muy particular junto con los altares de Pellegrini y la obra «Visita de San Pedro a Santa Agatha encarcelada» de Federico Zuccari.


Ex admirationem, la puerta del frontispicio cautiva a todos quienes, con espíritu sensible, obsérvanla esplendorosa en el entramado precioso de múltiples detalles artísticos de un conjunto escultórico cuyo panel central y circular es una «Piedad» de original concepto, con la Virgen Santísima, Mater Dei et Mater Nostra, que acoge en su regazo a Nuestro Señor Jesucristo, Pontifex in aeternum perfecte, dentro de un contexto en el que un tropel de ángeles adoradores rodean a la Virgen Santa y a Cristo Redentor. Alrededor de este conjunto encuéntranse una serie de escenas de la vida de Jesús in commemoratione de Passione Domini, siendo cada una de estas imágenes una verdadera obra de arte que impacta ipso facto por la perfección suprema y el relieve perfectamente delineado que resalta ex tota fortitudine para prodigarnos una idea de la grandeza del Señor en su misterio salvífico pro omnia humani generis.


En fin, las experiencias que permítenos vivir este paradigmático espacio son tan variadas y sorprendentes, que no es nada extraño que músicos, pintores, artistas escénicos, literatos o simples circunstantes hagan una pausa en sus tareas para ejecutar piezas musicales, pintar preciosos lienzos, cantar con melifluas voces o simplemente admirar extasiados los miles de detalles que la catedral de Milán ofrece al viandante para conceptualizar in extremis las misericordias del Señor, a quien levantóse este templo y por quien desde inmemoriales tiempos decimos in ecclesia nostra: «Misericordias Domini in aeternum cantabo».

DIEGO DEMETRIO ORELLANA

Datum Concha, mensis februarii, die XXIII, reparata salute Anno Dominicae Incarnationis MMXVI, in octava II Dominica in Quadragessima.

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