jueves, 13 de febrero de 2014

LA AMISTAD Y LOS PERROS

DIEM MUNDIALEM AMICITIAE/ DÍA MUNDIAL DE LA AMISTAD

A Cleofás, último protagonista de las ideas de este texto


Por: Diego Demetrio Orellana


«Grata admirationem in cordibus nostris concitare debet vera amicitia/ Grata admiración en nuestros corazones debe concitar la verdadera amistad»

Siempre leales y cariñosos, graciosos y ocurridos, sinceros y considerados en las buenas y en las malas, los perros son animalitos que han inspirado válidos pensamientos sobre la amistad en el género humano, pues son dueños de cualidades únicas que con frecuencia no suelen ser posibles de encontrar en las personas y delinean, in essentia, lo que los humanos mortales esperamos, inter nos, de este bello sentimiento fraternal que alumbra la existencia con prístina luz y gozo supremo. Por ello, a los canes considéraselos in aeternum como los mejores amigos del ser humano y sus virtudes equipáranse a aquellas que débense de hallar en las auténticas amistades.



De la familia de los Cánidos, son de tamaño, forma y pelaje muy diversos, dependiendo de las razas, mas todos por igual apasiónannos ora por su estatura, ora por su lana, ora por sus colores y su peculiar lealtad para con el género humano. No importa que pertenezcan a razas que exhiben pedigrí o sean simplemente perros ordinarios o de la calle, tampoco cuenta que sean parte de especies rarísimas y poco conocidas en nuestro medio, ya que todos por igual son objeto de atracción para los humanos mortales in Terra nostra.



Sus formas de ser evidencian un especial abanico de personalidades diversas y, tal como los miembros de la gran familia humana que peregrina en la Tierra, existen aquellos que son extravertidos e hiperactivos frente a los timoratos, circunspectos e introvertidos, mientras ciertos canes son groseros, toscos y violentos en el juego, en contraposición a los delicados, suaves y gentiles, existiendo también los «perversos» o los «malvados» con los gatitos o aquellos «traicioneros» que nos muerden a las espaldas o que llegan a atacar a sus amos, actitudes que han sido parangoneadas con la felonía en los seres humanos, cuando -a costa de una actitud frecuentemente ingrata- decimos que alguien es como «el perro que muerde la mano de su amo», con la sustancial diferencia de que el perro lo hace porque en él hay solo instinto mas en el hombre existe conciencia y voluntad cuando traiciona y por eso la traición del amigo es imperdonable, no así el ataque de un can a su amo verdadero.


Pero también contamos con los perros de personalidad exploradora que lo indagan y lo husmean todo, junto a los sedentarios, perezosos y dormilones. Hay también los intrépidos que sorprenden ex admirationem por sus innatas habilidades para hacer inauditas cosas o insólitas travesuras, sin dejar de consignar a los aventureros y galantes con las hembras frente a los célibes y solitarios que parecen vivir, digámoslo así, lejos de las vanidades del mundo. También cuentan los sociables, confianzudos o amigueros y los huraños, desconfiados y refunfuñones. Ni qué decir tiene de los glotones y  tragones que contrastan in extremis con los melindrosos y desganados para el alimento. Y con sus particulares personalidades y temperamentos oblígannos a reparar en la sicología canina para encontrar en ella, a similis, naturales similitudes con los individuos de la especie humana.



En las Bellas Artes, plumas egregias de la historia hánles dedicado hermosos pensamientos y poemas en el mundo de las letras, a la vez que han sido copiosos los artistas que, ora desde la pintura, ora desde la escultura, ora desde la música, el cine o la fotografía, han logrado espléndidas obras maestras e imágenes que, sub specie aeternitatis, subliman el alma cuando las contemplamos en las múltiples facetas con las que estos animales atrapan nuestras miradas y alegran nuestras vidas.



En todas sus virtudes subyacen particulares razones por las que déjanse querer ex tota fortitudine, apasionadamente, mientras su compañía siempre placentera en todo instante, de momento ad momentum, los hace ipso facto indispensables compañeros para quienes cuidan de ellos con abnegación y esmero, en el ejercicio de una amistad sin dobleces.


Por eso, nadie nos puede seguir más incondicionalmente adonde quiera que vayamos que los perros, confiados siempre en que somos sus guías, sus protectores y amigos de la existencia, aunque por sus naturales dotes de exploradores son ellos mas bien los que conviértense para nosotros, en las largas caminatas y curiosas travesías, en perspicaces guías, tal si fuesen ángeles  que caminan cual almas melodiosas rumbo a ignotos destinos. Por más distante senda que transitemos en el tráfago de la vida siempre están dispuestos a seguirnos a todo trance, siendo providenciales e insustituibles acompañantes de tediosas excursiones, en las que gracias a su agudo desarrollo del olfato, por el que distinguen nuestros olores, son igualmente capaces de retornar a la casa cruzando largas distancias con solo apercibir nuestras huellas.


Por esta misma razón, los perros presienten nuestra llegada minutos antes de que ingresemos a la casa. Nos reciben halagüeños, juguetones e hiperactivos, a punto de no pedir más que una caricia cuando retornamos al hogar, mucho más si en nuestra cotidiana ausencia han permanecidos solos y expectantes del obligado regreso a la vivienda. Poseen una excepcional capacidad para sentirse felices por el mero hecho de saber que volvemos al hogar, mientras todo el tiempo tienen una gran disposición para refocilarse y una infatigable aptitud para el juego, obligándonos a brindarles nuestro tiempo con tal de que se sientan estimados. Sus ademanes y posturas, ora parsimoniosos, ora sandungueros, ora ensobinados, frecuentemente cáusannos gracia mientras enséñannos stricto sensu sobre la importancia del lenguaje del cuerpo, pues los gestos son los medios con los cuales comunícanse con los seres humanos.


Siempre dóciles a la máxima expresión, su inteligencia superior les permite aprender muchas cosas, desde las piruetas con las que vuélvense diestros y singulares actores para el escenario hasta los modales más delicados con los cuales conviértense, ad sollemnitatem, en animales educados, limpios y respetuosos, pues son versátiles y conocen las fronteras y los límites de lo que les está permitido en la armónica convivencia con sus amos.


En tanto suelen ser grandes actores, algunos perros in historia mundi han cruzado los trepidantes territorios de la inmortalidad sub specie aeternitatis. Rin Tin Tin es uno de ellos, exempli gratia, el perro actor de grandes filmes que dieron mucho de qué hablar en la primera mitad de la vigésima centuria y que representó a toda una familia canina, cuyos integrantes fueron estrellas de Hollywood. La popularidad de Rin Tin Tin hizo que llegara a estampar su huella en el Paseo de la Fama de Hollywood Boulevard ad gloriam aeternam.


Otros han trascendido como actores especialísimos en series televisivas como «el comisario Rex», en donde un pastor alemán es la estrella protagónica de inteligentes aventuras que aleccionan al más imberbe ciudadano y divierten al más serio e impérterrito personaje.


A similis, providenciales canes han sido perennizados ad gloriam aeternam como la perrita cosmonauta Laica, quien originalmente era una pequeña perra abandonada en las calles de Moscú. Justamente por sus condiciones de difícil vida callejera creíase que, junto con otros perros, podría enfrentar el rigor de un viaje espacial experimental en el Sputnik-2. Mas jamás esperóse su trágico final, pues, ab initio, al comenzar el viaje el pulso de Laika triplicóse e inquieta y nerviosa ladraba y comía de forma normal, pero Laika murió luego de 5 ó 7 horas de iniciada la misión, el 3 de noviembre de 1957, a consecuencia de las temperaturas y el pánico que la experiencia le produjo. No obstante, la perrita fue copartícipe de un hito especialísimo de la historia de la Humanidad pro mundi beneficio.


Pero más allá de todo esto, lo curioso y excepcional con nuestros amigos, los canes, es que han sido inspiradores natos de preciosas obras creativas en el mundo escénico y hasta en los dibujos animados y en los cartoons han surgido personajes famosos que ilustran de profundis las peculiares cualidades de la raza canina, entre los que debemos citar a Scooby Do, Snoopy, Droopy y la tropa Goofy, entre otros. Particular encanto tuvo la película «101 dálmatas», de dibujos animados de Walt Disney, llevada al cine post factum, con sorprendente belleza.

Los perros son intuitivos en grado superlativo y debido a ello tienen el sorprendente don de percibir cuando estamos felices o tristes. Tal es el caso que comparten en cada instante nuestras alegrías y cuando nos absorbe la congoja o estamos abatidos por el infortunio, sub specie instantis, basta una de sus lamidas para hacernos sentir que no estamos solos, a la vez que cuando lloramos también lo entienden perfectamente y, aunque no tienen palabras para entablar un coloquio, con sus lamidas son hábiles para exteriorizarnos su solidaridad siempre fraterna in amicitia semper fidelis.

«Amicus certus in re incerta cernitur / Al amigo cierto se lo ve en la suerte incierta» decía el gran Cicerón en la antigua Roma y, aunque esta es una cualidad rarísima y exclusiva de los verdaderos amigos, es en los perros en donde quizás confirmamos in excelsis la veracidad de este célebre pensamiento clásico, puesto que una de las características esenciales de estos animalitos es acompañarnos no solo en nuestros gozos y alegrías sino también en las desgracias y tragedias que asáltannos en la existencia y así, cuando la suerte incierta nos visita son ellos los que nos demuestran que no estamos solos, gracias a su grata compañía. Qué mejor consuelo, cuando estamos tristes o solos en la vida, que el cariño de nuestro perro. Quizás por ello, a posteriori de experimentar la inefable solidaridad canina, Ben Williams consignó in scriptis el siguiente pensamiento: «No hay mejor psiquiatra en la Tierra que un cachorro lamiéndote la cara».



No importa que sus amos sean hombres o mujeres, ricos o pobres, negros o blancos, altos o pequeños, jóvenes o viejos, guapos o feos, los perros nos aman por igual sin miramientos ni discriminaciones. Y en esto hemos de ver en todo tiempo una capacidad de amor sin límites, una entrega incondicional a toda prueba, una prodigiosa manera de profesar cariño hasta las fronteras del sumo sacrificio y una auténtica sinceridad para mostrar aprecio, sin importar el «qué dirán» por el que muchas personas, como Nicodemo en los santos evangelios, tienen vergüenza para exteriorizar extra muros que son nuestras amigas, pendientes siempre del comentario ajeno o de las insólitas censuras del atrevido «correveidile» que créese con derecho para imponernos a las amistades o para incoarnos por llevarnos con tal o cual fulano, mengano o perecejo, al socaire del criterio propio que es el que debe regir, de vita et moribus, todas nuestras actuaciones en la vida.



Amigables par excellence, los perros tienen una especial condición para llevarse con todos, incluso con los gatos, a los cuales considéraselos como sus naturales «enemigos»; mas justamente porque este estereotipo es de aquellos que más hondo han calado en el imaginario colectivo vuélvese grato contemplar, a ojos vista, cómo los canes pueden desarrollar una admirable amistad con el mundo felino de los gatos in Concha et in mundum universum, dándonos múltiples razones para creer en esa infinita capacidad de brindar amistad con generosidad, lo cual, a contrario sensu, no es ciertamente una característica esencial del ser humano, muchas veces mezquino para prodigar afecto, aprecio y amistad sin condiciones.




Con el resto de criaturitas del reino animal los perros demuestran también una sorprendente capacidad de amor munificente y, por ello, están prestos para entablar amistad con muchas especies y razas de animales, con los que ejercen, inter nos, una ejemplar enseñanza de la importancia del darse a los demás, haciéndonos comprender la inmortal sabiduría del apotegma latino: «Unitas in diversitas/ Unidad en la diversidad», lo cual es siempre complicado de conseguir con los seres humanos en la Tierra si hemos de considerar que la lealtad y la amistad de los perros es de veras aleccionadora para todos los individuos de la especie humana, siempre proclives a las divisiones y rupturas que alteran la unidad, la armonía y la tolerancia con quienes son diferentes in communitate nostra.


Aunque en ocasiones les reprendamos tienen una admirable facultad para no ser rencorosos y aunque el castigo infringido les provoque cierto miedo o recelo siempre se nos acercan, post factum, demostrando una prodigalidad pocas veces vista en el género humano para brindar cariño. Así, su magnanimidad para querernos es algo con lo que siempre podemos contar en todo instante y circunstancia.


Jacarandosos, chuscos y jocosos frecuentemente nos hacen reír, ya cuando son cachorros y hacen travesuras o piruetas, ya cuando en su vida adulta exprésanse amorosos y mimosos con sus inopinadas manifestaciones de afecto, mientras, riddendo semper cum gaudium, nos sorprenden a diario con sus gracias o sus ocurrencias.

Tanto si están felices, serios o tristes cuanto si tienen hambre o sed sus actuaciones reclaman nuestra atención o vigilancia para descubrir lo que quieren y complacer sus deseos. Si están con miedo vienen a nuestro lado buscando protección, tristis et afflictis, particularmente cuando los tremebundos truenos, con sus rayos y centellas, o la bullanguera cohetería crispan sus nervios hasta los límites del paroxismo.


Dependientes como son in essentia oblígannos a cuidarles con las mismas atenciones con las que prodigamos afecto a un miembro cualquiera de nuestra familia. Así, debemos estar alertas a su alimentación, a su salud y a su adecuado abrigo haciendo que perduren en nuestra alma inolvidables experiencias. Cuidar de su aseo es una experiencia interesante que nos involucra más todavía con la raza canina y quizás por esto Franklin P. Jones expresó con apodíctica certidumbre: «Cualquiera que no sepa qué sabor tiene el jabón, jamás ha bañado a un perro».

Son los mejores naturópatas, puesto que cuando siéntense enfermos instintivamente buscan hierbas para mascullarlas y así curar sus dolencias sobre todo estomacales, por lo que hay una natural obligación de sus amos para proveerles siempre de herbáceas, a fin de que no se sientan abandonados en los momentos en que, sin la presencia de sus amos, deben per se masticar hierbecillas para así sanar sus males.


Sus aullidos son como advertencias ante las que debemos estar atentos y simulan voces tristes  y prolongadas con las que aseméjanse a los lobos. A veces, estos alaridos son los que preanuncian las desgracias, desastres y muertes sorprendiéndonos sub specie instantis con sus increíbles aptitudes premonitorias, que los acercan a lo paranormal, para presentir los infaustos sucesos y las fortuitas tragedias in universa Terra. Muchas ocasiones, no obstante, exceptis excipiendis, los tristes aullidos no son más que sus reacciones ante las fuertes alarmas de las ambulancias o las estrepitosas sirenas de los carros de los bomberos que les perturban ad súmmum.

Dicen que la gratitud es la tímida riqueza del que nada posee y qué verdad más verdadera podemos encontrar en este aspecto con nuestros amigos los perros, pues aunque nada tienen para darnos -por más pequeño obsequio que les brindemos- nos agradecen siempre con solo mover sus colas en señal de alegría contagiosa. Así, in veritas semper fidelis, nos enseñan que no son las cosas materiales las que débense esperar de las personas cuanto las auténticas expresiones espirituales que debemos cultivar en nuestra alma y que son las que de veras tienen eximio valor en nuestras vidas.


En ellos vemos a la vez una excepcional virtud para compartir. En su modus actuandi podemos confirmar que son capaces de dar mucho más de lo que reciben, pues la generosidad de estos animales sobrepasa con creces toda la humana concepción de la praxis cotidiana del «dar y recibir», pero sobre todo la rara cualidad de dar algo sin esperar nada a cambio. Dicho lo cual, confírmase todo el tiempo cómo son capaces para compartir nuestras penas y dolores o las alegrías y gozos que la vida nos depara in haec lacrimarum valle.

Si enfermamos no se irán de nuestro lado y en esto hay una admirable condición para hacernos compañía, pues parece que hubiesen nacido para ser compañeros indispensables del ser humano y las historias que al respecto cuéntanse a través de los siglos y en todas las culturas son sorprendentes con ciertas mascotas que han imprimido una estela luminosa de su lealtad llevada a las fronteras del sumo sacrificio. Son por eso los compañeros ideales con los que podemos contar en todo instante y su fidelidad pruébase con frecuencia hasta la muerte, usque ad sanguinis effusionem/ hasta el derramamiento de sangre, si ello fuere menester. «Amicus fidelis» o «amigo fiel» es el perro y así, ad exemplum, han demostrado ser capaces de visitar la tumba de sus amos con frecuencia una vez que éstos han partido ad vitam aeternam.


Confórmanse siempre con la comida que les demos, sin protestar jamás como muchos de nosotros lo hacemos cuando algún alimento nos disgusta. Quizás no degustarán la comida ofrecida y así nos damos cuenta que no es de su agrado sin que hicieren muestra alguna de displicencia. Su cálida presencia es imprescindible cuando sus amos tienen hijos, pues éstos aprenden más fácilmente el respeto que deben guardar para los animales al aprender  tempranamente a convivir con ellos, toda vez que también adquieren conciencia para quererlos en la maravillosa vivencia que implica  poseer una mascota.



Al parecer, jamás impórtanles haber sido bautizados con ridículos nombres ni acompléjanse por cosas de este estilo, como en tantas ocasiones vemos a nuestro alrededor con los humanos mortales, ni demuestran disgusto por tal hecho. Ergo, siempre confórmanse con todo y nos aman por igual en cualesquier circunstancia, pues, ante omnia, solo requieren afecto y consideración por sobre todas las cosas.


De una capacidad sorprendente para desarrollar empatía con todos aquellos que prodíganles afecto son también criaturas que pueden mostrar antipatías incluso ante aquellas personas de natural sensibilidad para con los animales, por el mágico hecho de que la bioquímica -que permite la atracción y el rechazo entre los seres vivos- funciona perfectamente entre el reino de los canes y la raza humana y así, muchas de las veces, existen perros que «no nos pueden ver ni en pintura» si les caemos mal, por así decirlo, pues sienten un choque energético con quienes no les son afines y no tienen reparo alguno para ocultar sus antipatías, por lo que enséñannos que no son hipócritas, pues si no fluye en ellos afecto por nosotros no tienen por qué demostrar un falso sentimiento o una risa ficticia, como lo hacen los seres humanos acostumbrados siempre a vivir en un mundo de hipocresía y apariencias, en donde toda sinceridad a veces tiene cara de cinismo. Debe ser a causa de esta realidad de la vida canina que uno de los mejores conocedores de la naturaleza humana in universa Terra, Sigmund Freud, un día escribió: «Los perros aman a sus amigos y muerden a sus enemigos, casi al contrario de las personas, quienes tienden a mezclar amor y odio».


Pero asimismo, los perros son capaces de exacerbar sus sentimientos in extremis y muchas veces sus muestras de antipatía refléjanlos celosos con sus amos cuando éstos hállanse en compañía de sus amigos más queridos, ante los cuales los canes desarrollan una celotipia proclive incluso a las actitudes más agresivas y fieras de las que son capaces a nativitate. Igual cosa acontece, con nuestros amigos los perros, cuando demostramos afecto hacia otros animales en su presencia, viniendo a interponerse para que les tomemos en cuenta o para que nuestras caricias vayan dirigidas ex professo para ellos. Mas en todo esto existe autenticidad y esa es la más admirable cualidad que de ellos podemos resaltar cuando en el género humano las constantes faltas de originalidad constituyen un denominador común que esconde la vera effigies de una persona cualesquiera ante la que quizás deberíamos cuidarnos ad súmmum.



En ellos aprendemos el valor de los gestos más que con las personas, pues tan solo con la mirada nos enseñan a entenderles, con su alegría desbordante nos exigen que les prestemos atención, con sus ladridos febriles adviértennos del peligro o defiéndennos del enemigo o del adversario y con sus aullidos de dolor acongójannos cuando la enfermedad les acosa o la tristeza les oprime de profundis. Y en tanto no hablan nuestro lenguaje debemos ser observadores a cualquiera de sus gestuales manifestaciones con las que comunícannos sus deseos, ora cuando tienen hambre y sed y se les agotó sus raciones, ora cuando nos avisan algo de lo que ni cuenta nos damos, ora cuando solamente requieren afecto y sienten que les hemos dejado de considerar, de mimar o de prodigarles las debidas atenciones que levántanles su ego. Mas en todo esto contémplase una inteligencia superior que llévannos a columbrar que son tan perfectos, pues solo les hace falta hablar en nuestro idioma. Tan profunda es la verdad de esta realidad perruna que no es errático pensar en que la razón por la cual los perros tienen tantos amigos es porque mueven sus colas en lugar de sus lenguas. Y es que con la lengua los integrantes del género humano hacemos cosas graves todo el tiempo. Ya Pedro Calderón de la Barca, gloria cimera de nuestra excelsa lengua de Castilla, decía: «Huya de murmuraciones, /porque el veneno más malo /no es el que sueltan las víboras /sino el que vierten los labios».



Y es aquí cuando nos enseñan que son seres vivos con sentimientos y que poseen aptitudes para amar o sufrir. Por ello, las tragedias que a veces les toca vivir son igual de impactantes que para los seres humanos, ya cuando pierden a un ser querido, sea éste uno de sus amos o sea ya uno de sus cachorros, sea quizás la madre o el padre, llegando inclusive a la depresión, con terribles secuelas para sus vidas, cambiando para siempre sus conductas, modificando su personalidad, sumiéndose en la tristeza ad infinitum y dejándonos con la congoja de contemplar cómo un trauma psicológico es también algo del que no pueden escapar.



Igual cosa sucede cuando les toca vivir una desgracia, siendo víctimas de graves accidentes de los que sobreviven con las secuelas del efecto post traumático que marca sus vidas con el duro legado del dolor y el sufrimiento, experiencia de la que nos enseñan a aceptar que la existencia no implica solo gozo y alegría sino pesares y tristezas, por lo que el sufrimiento es de veras una escuela de formación cuando salimos de él y continuamos trajinando por la vida ad gloriam Dei et suam Divinam Providentiam.


El instinto primario defínenlos par excellence y la falta de raciocinio haránles no actuar nunca como personas racionales y en esto son igualmente grandes maestros que muéstrannos, como en una especie de «veritatis speculum» o «espejo de la verdad», que las primitivas reacciones son propias de las bestias, ya que sus enfurecimientos pueden llegar a atentar la vida de los humanos cuando vuélvense implacables fieras de peligrosos fauces, ante las que nuestra impotencia impídenos enfrentarlos apropiadamente. Por ello, jamás debemos abusar de su paciencia o incoarles hasta alterar su modus actuandi, mientras por ese sentido primitivo que les es innato demuéstrannos que son territoriales en grado superlativo, puesto que jamás atacan al adversario más allá de los límites de nuestras viviendas, dejando de ladrar en propiedad ajena. Así, son los precisos defensores del territorio en donde habitan y por eso representan ab aeterno los mejores guardianes para nuestras casas.



En tanto son criaturitas muy dependientes de los seres humanos, los perros enfréntanse a duras circunstancias cuando las personas no tienen sensibilidad para brindarles las debidas atenciones y así el sufrimiento canino es de veras grave, sobre todo con los llamados perros callejeros que viven peripecias y avatares sin cuento en su lucha por la supervivencia. Crueles los amos que los abandonan y los someten, ex abrupto, al mundo inhóspito de la calle, en donde pueden encontrar incluso la muerte, ora por un accidente fortuito, ora por un envenenamiento maldito, ora por los propios peligros que representa para ellos vivir a la intemperie sine protectionem.


Mas son estos canes los que más transmítennos enseñanzas de su infinita capacidad de amor sin límites y su solidaridad fraterna pues son gratos ad infinitum con quienes, conmovidos por sus especialísimas circunstancias de no tener dueño, bríndanles ayuda en cada barrio o permanecen alertas a sus cuidados. A tal punto hay tanta verdad en esta experiencia con los canes que Mark Twain, con su gran capacidad observadora, escribió un día ad litteram: «Si recoges un perro hambriento de la calle y lo haces próspero, no te morderá; esa es la principal diferencia entre un perro y un hombre». Así, Deo gratias, estos animales vuélvense, gratis et amore, excepcionales guardianes de una barriada cualquiera ante la insólita presencia de un extraño. Pero siempre hállanse a su alrededor una mano generosa que les ayuda ya que el Señor, Providentissimus Deus, no abandona jamás ni a los lirios del campo, ni a las aves del cielo ni a toda criaturita de la creación que refleja, admirabilis et singularis, la maravilla obra de sus manos.


Pero nada hay más gratificante ad infinitum para una alma sensible que alimentar a un perro hambriento, experiencia que refleja el alto grado de nobleza que un ser humano puede tener. Por ello, a contrario sensu, no es entendible cómo ciertos degenerados seres pueden maltratar a estos animales, prodigándoles castigos infamantes o terribles sacrificios que solo permítennos constatar la insensatez a la que puede llegar un miserable que ha perdido el mínimo principio de dignidad consigo mismo y con los demás, puesto que «quien maltrata a un animal no demuestra buen natural».

Cual mater amabilis et admirabilis una perrita es siempre una madre ejemplar y sus gestos maternales son toda vez una ocasión para pensar en ese instinto maternal que vuélveles magnánimas ad summum a las perritas que viven la experiencia de la procreación in veritatis splendor siendo modelos para muchas mamás in humani generis. Por eso, a fortiori, debido a estas y otras tantas vivencias cuántas enseñanzas recibimos diem per diem con cada uno de estos animalitos que conviven con el hombre in vita nostra.



En fin, son estas y otras tantas experiencias vividas con los perros a lo largo de la humana existencia lo que nos han hecho pensar siempre que son de veras los mejores amigos del género humano, pues como decía Andy Rooney: «El perro promedio es mejor persona que la persona promedio», toda vez que solo cuando se ha vivido con sensibilidad hacia estos animales podemos decir que los perros no son todo en nuestras vidas, claro está, pero la hacen más completa ad bene placitum in cordibus nostris.


DIEGO DEMETRIO ORELLANA

Datum Concha, apud flumina Tomebamba, currentis Anno Domini MMXIV, in Diem Mundialem Amicitiae.

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